Boceto

Encajonado en un valle yace.

Reflejo de un tiempo pasado.

Aliento vivo, jamás olvidado.

Memoria que de nuevo nace.

 

Vetas negras son sus venas.

Valiente, indomable, sincero.

Alma y espíritu minero.

Historia de cantos y penas.

 

Sabia y profunda la mirada.

Su rostro de carbón tiznado.

Brazo fuerte, musculado.

Relato con voz cansada.

 

Blanco, frío, sin olores,

en el albor del invierno.

Del otoño el beso tierno,

cubre el valle de colores.

 

Bajo la Camperona, esa doncella,

que lo mira vigilante,

arde el corazón palpitante

de un lugar que deja huella.

 

Quién subiera al Castillete, amigo,

a escuchar en las alturas,

las mil glorias y aventuras

de que sus vigas fueron testigo.

 

Fuimos niños en la plaza,

en el frontón juventud querida,

y en el ocaso de la vida,

mus y vino en cada terraza.

 

Y si tengo que elegir,

elijo mi pueblo y su gente,

pues no hay grito más ferviente

que el de ¡Olleros hasta el fin!

 

María Arrimada García

 

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