Los origenes de “El Judas”

Artículo publicado en “Viajar”, número 33, 1981. Firmado por Gonzalo Garcival. La foto que acompañaba al artículo es de otro saberense: Luis M. López Campos.


LOS ORÍGENES DE “EL JUDAS”.

Existen en nuestro país una serie de celebraciones y ritos que, aún teniendo entre ellos distintas variaciones, cuentan con un elemento en común: la confección de un muñeco de figura humana al que seguidamente se procesa públicamente para ser más tarde arrastrado, vejado y quemado: es “el Judas”.

Etnógrafos, folkloristas y curiosos “de a pie” se han preocupado de profundizar, durante los últimos años, en la “especialidad” española de la Semana Santa. Sus peculiaridades antropológicas en el concierto universal han sido rastreadas y divulgadas lo bastante como para que las zonas en sombra de sus manifestaciones sean cada vez menores y más reducidas sus incógnitas.

No ocurre igual con el fenómeno de “el Judas”, inserto y perviviente en numerosos pueblos de España bajo especies diversas y aún contradictorias, que dificultan el esclarecimiento de su auténtica filiación. Nadie- bien por falta de estudio riguroso, bien por ausencia de una pista reveladora- puede determinar hoy la raíz última de esta faceta folklórica. Que, digámoslo de una vez, con las reservas de toda simplificación, consiste en la confección de un muñeco o pelele -“encarnación” plástica de no se sabe bien qué paradigma humano-, y su posterior “proceso público”, arrastre, lapidación y quema.

Es presumible que “los judas” sean una variante -o al revés- del “pero-palo” extremeño (Villanueva de la Vera), del Navarro “Miel Otxin” (Lanz), del “antroido” gallego, del “pelele” segoviano de la fiesta de las “alcaldesas” de Zamarramala, o de la matritense “Señora Cuaresma”, monigote que acaba quemándose en la Plaza Mayor el Domingo de Pascua. Las diferencias entre todos ellos no se refieren sólo al ritual, sino también a su calendario, a caballo entre los carnavales y el Domingo de Resurrección. Y el enigma se agudiza cuando comparamos las modalidades ibéricas con otras de Europa y de ultramar (México y Brasil, especialmente), que enuncia Frazer en su consultadisima obra “La rama dorada”.

¿Podría ser “el judas” la expresión “institucionalizada” en el folklore de un impulso antropológico mucho más primario? Recuérdense las frecuentes y extendidas incineraciones en efigie de personajes que concitan la ira y la sed vindicatoria de las masas. En Madrid mismo, aquello de “Jomeini, cabrito, ponte tú el velito”…; el figurín caricatura de Pinochet antes del referéndum constitucional chileño. (Quevedo, en su centenario, hubiera gozado observando que seguía viva una larga tradición, pese a los siglos transcurridos desde que la plebe veneciana apedreara e incendiara su retrato de maniquí.)

Colgado entre dos olmos, Iscariote purga su traición.Sobre el cariz racista -o mejor dicho, antisemita- del festejo, todos los indicios, lejos de aclarar las cosas, las confunden más. Investigadores del tema -Pilar García de Diego, Antonio Aragonés Subero- aluden a la fiesta judía del Purim, en la que colgaban muñecos o maderos que representaban a Aman, el ministro que mandó ahorcar al rey Asuero. En las escuelas israelitas se enseñaba a apalear con martillos de madera a su efigie, y en algunos sitios, los judios lo quemaban en imagen, vengando cada año la ofensa que inflingiera al pueblo de Israel. La pregunta aquí es: ¿”Transculturación”, cristianización, trasvase de formas originariamente hebreas? Seguimos sin respuestas satisfactorias.

Así como las exteriorizaciones populares de carácter penitencial en Semana Santa subsisten con vigor desigual en toda España, este rito de liberación y de vindicta ha ido perdiendo presencia. ¿O  tal vez está en trance de recuperarla? Sin ánimo excluyente -sólo achacable a un defecto de información-, puede asegurarse que Guadalajara, en sus términos de Palazuelos, Cogolludo, Peralejos de las Truchas, Cifuentes, Peñalva de la Sierra, Sacecorbo, Budia, y El Olivar, ostenta el “hit” provincial de “el Judas” que cada Sábado Santo aparecen en nuestro país. Antonio Aragonés Subero los cataloga muy bien en el libro “Danzas, rondas y música popular de Guadalajara”. Tocante a la provincia de Madrid (véase “Viajar”, número 22, 1980), el pueblo de Robledo de Chavela mantiene la exclusiva de esta institución “folk”.

Además de prolijo, intentar urdir un memorial de “los judas” creemos que sería labor monótona y reiterativa. Por ello, centraremos su descripción al que, según una costumbre nunca interrumpida, se oficia en Sabero, municipio minero de León, sobre el alto Esla.

En realidad, la celebración se circunscribe en esa provincia a los ayuntamientos de Crémenes, Cistierna, La Ercina y Sabero; con la innovación muy reciente, de que las chicas -antes apartadas del festejo- participan también en su desarrollo.

El ritual en torno al “Judas” se ha desvirtuado ciertamente al paso del tiempo; “descodificado”, diría yo. Al haberse relajado la moción de “mozo”, son hoy los chiquillos quienes asumen todas las fases del acontecimiento, cuyos preliminares arrancan el Jueves o el Viernes Santo con el -casi siempre depredatorio- acarreo de los materiales para modelar el muñeco. Ropas viejas rellenas de paja, atavíos y aderezos de fortuna, el pelele, tocada su grotesca cabeza con los gorros más inverosímiles, a veces pendientes del cuello, letreros expresivos de problemas de actualidad, amanece el Domingo de Gloria colgado de un alambre en medio de la calle, en cualquier esquina, entre árboles…

La sana rivalidad de los distintos grupos de jóvenes ha determinado, por una parte, la multiplicación de formas y caracterizaciones, alusivas a figuras de la vida local o nacional. La puesta al día, en fin, del celtibérico escarnio. Y por otro lado, la pérdida de uno de los rasgos definitorios del monigote clásico: el collar de huevos cocidos que lucían los “judas” “de antes”. De todas maneras, robar un “Judas” antes de someterlo a la pública exposición se considera una ofensa grave y nota infamante para los “secuestradores”. Hasta que el domingo, al atardecer, se realiza el descendimiento, el arrastre, el vapuleo, y el pelele acaba hecho cenizas, en la hoguera, tal vez la misma junto a la que sus propios creadores velaron la noche anterior.

Por cierto, que el complemento gastronómico del “convivium” que se organiza para elaborar “el Judas”, chocolatada y tortilla española, se mantiene con notable fidelidad.

Diríase que el rigor de esta curiosa tradición -que, por no escrita, se ve sometida a cualesquiera avatares y venturas- reside en la arbitrariedad de su cristalización año tras año. Y es más difícil cada vez oír en Sabero y alrededores aquel estribillo inculpatorio de los lapidadores de “el Judas”:

“Judas Iscariote,

metido en un bote,

tapao con harina:

¡palos encima!”…

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